En los últimos años la actividad agrícola se ha modernizado gracias a los avances tecnológicos en diversas áreas del conocimiento. Sin embargo, no todo ha sido ventajas: la agricultura moderna también ha exagerado en la aplicación de los pesticidas y fertilizantes, generando alimentos de mala calidad funcional. Un problema que no pasa colado y que genera preocupación entre los expertos.
En los últimos 40 años la actividad agrícola se ha modernizado e intensificado de manera notable. Los avances tecnológicos en muchas áreas del conocimiento de la genética vegetal han permitido avanzar de manera sostenida, con incrementos continuos en la productividad de los cultivos.
Sin embargo, la agricultura moderna también, en muchos casos, ha exagerado el uso de los insumos, aplicando excesivamente pesticidas y fertilizantes. Esto ha generado alimentos de mala calidad funcional y, en muchos casos, con residuos de moléculas tóxicas. Es decir, no permiten una adecuada nutrición de las personas. Esto ya ha sido detectado en los países desarrollados, desde hace más de 30 años. En respuesta a este problema en los países más avanzados se ha desarrollado el concepto de la producción integrada, la cual puede ser sinónimo de agricultura sustentable. Otra línea productiva más extrema es la agricultura orgánica, la que corresponde a una forma más ecológica de enfrentar el proceso productivo.
Es así como en la actualidad se pueden distinguir tres tipos de agricultura:
-Producción Agrícola Convencional
-Producción Agrícola Integrada
-Producción Orgánica
Producción Agrícola Convencional. Este tipo de producción se viene practicando desde el siglo pasado y se intensificó con la llamada revolución verde, cuyo principal impulsor fue el Premio Nobel de la Paz el Dr. Norman Borlaug en la década del 60. El impacto productivo de esta revolución fue notable y permitió incrementar la productividad vegetal de manera significativa con la incorporación de los cereales semi-enanos. Así, se mejoró la productividad por efecto de un mayor tamaño de espiga en relación a la caña del cereal, evitando -entre otras cosas- la tendedura del trigo. Esto permitió además intensificar el uso del nitrógeno, produciendo incrementos notables en la productividad de los cereales. La producción agrícola convencional se caracteriza por lograr altos rendimientos en los cultivos y aplicar una gran cantidad de pesticidas y fertilizantes. Este tipo de agricultura a primera vista parece como de alta tecnología y en cierto modo lo es. Pero su principal problema es que los alimentos generados funcionalmente no son los mejores. Por lo general, se aplican pesticidas muy poco amigables con el ambiente, los cuales afectan la actividad de muchos controladores naturales de plagas y microorganismos benéficos, tanto a nivel aéreo como de suelo. Los agroquímicos se aplican según fecha de calendario. El exceso de fertilización es una constante especialmente de nitrógeno. Esto hace que exista un mayor ataque de plagas y enfermedades, lo que obliga a usar más pesticidas, y, por ende, se genere un círculo vicioso. Además, el exceso de nitrógeno aplicado se lixivia en el suelo, contaminando las napas freáticas, es decir, las aguas de los pozos aumentan su contenido de nitrógeno y no pueden ser usadas para consumo humano. Este problema ya es una realidad en varias regiones del país y del mundo. Por otra parte, los frutos cosechados son de gran tamaño y de intenso color, aunque su calidad como alimento funcional no es la mejor. Además pierden su aroma y sabor. Su duración de poscosecha es escasa. Este efecto se puede apreciar en que las frutas a temperatura ambiente se pudren con gran rapidez. La uva, por ejemplo, se desgrana con facilidad. En general, estos alimentos contienen mucha agua y nitrógeno y carecen de un adecuado equilibrio nutricional. Además disminuyen su capacidad antioxidante, lo que es muy importante para lograr una mejor nutrición humana. Otro efecto menos conocido de la aplicación excesiva de nitrógeno es que este elemento pasa a la atmósfera como gas, incrementando el efecto invernadero. Además, la agricultura convencional ha generado en los últimos 40 años un intenso deterioro físico y biológico del suelo. Según el SAG y el CIREN, más del 60% de los suelos del país presentan una erosión severa.
Por todo lo señalado, la agricultura convencional debe ir cambiado su enfoque y hacer un uso más racional de los recursos. De esta forma se generarán alimentos de mejor calidad y se afectará menos el medio ambiente.
Producción Agrícola Integrada. Este tipo de producción nace en los países desarrollados, principalmente en los europeos, como respuesta al uso indiscriminado de pesticidas y al exceso de fertilización, especialmente nitrogenada. Este último aspecto ya fue reglamentado por los parlamentos de varios países de Europa a mediados de los años 70. Cabe destacar que en nuestro país aún no existe una reglamentación ni una normativa concreta respecto del contenido máximo de nitrógeno nítrico en hortalizas y frutas. En ese sentido, nuestro país presenta un gran retraso tecnológico. Lo más curioso es que los productos de exportación deben cumplir con todas las normas internacionales de control de calidad, mientras que muchos de los productos de consumo interno como hortalizas no presentan este control de manera rigurosa.
La Producción Agrícola Integrada considera fundamental mantener continuamente un adecuado registro y diagnóstico del estado nutricional de los suelos, del estado nutricional de las plantas, de las condiciones climáticas, del monitoreo de las plagas y de las enfermedades, con el fin de hacer las aplicaciones de productos químicos cuando sea necesario. Además, es exigencia que los agroquímicos usados estén debidamente registrados. Todos estos protocolos son muy controlados por las empresas exportadoras de fruta, debido a las exigencias de los mercados, especialmente de los países desarrollados. Por otra parte, el mejor manejo de la fertilización, especialmente nitrogenada, permite mantener una menor presión de las plagas y enfermedades, haciendo más fácil su control. La producción integrada incluso considera que los campos deben mantener un porcentaje de la superficie manejada con las especies nativas de la zona, para de esta forma permitir la sobrevivencia de la fauna nativa. Todo este proceso requiere de un adecuado conocimiento tecnológico que debe ser desarrollado localmente. Es importante destacar que en nuestro país los campos que producen fruta para exportación se rigen por las normativas de la Producción Integrada desde hace más de 15 años. Sin embargo, como ya fue señalado, la producción de hortalizas de consumo interno no está sujeta a este control.
Producción Orgánica. Este tipo de producción nace en respuesta a la agricultura intensiva desarrollada en los años 60 en los países del primer mundo. La revolución verde impulsada fuertemente por el Dr. Borlaug, a través del CIMMYT, fue muy criticada, ya que intensificó el uso de los recursos (suelo, plantas y fertilizantes), desarrollando los trigos semienanos que ayudaron de forma importante a combatir el hambre en muchos países del mundo.
La producción orgánica se caracteriza porque considera el uso de productos químicos naturales para controlar plagas y enfermedades. Además, aplica fertilizantes naturales como estiércoles comportados y sales naturales sin elaboración química (solamente de tipo físico como molienda y tamizado). Es una agricultura conservadora de la fertilidad biológica de los suelos y del ambiente en general. Su productividad, en general, es más lenta, lo que le permite alcanzar altos niveles productivos. En muchos de los países desarrollados de Europa la producción orgánica está creciendo año a año de manera importante. La gran discusión en el pasado reciente respecto de esta tendencia de producción es si tendrá la capacidad para alimentar a la actual y a la futura población mundial.
Siempre se ha señalado que uno de los factores críticos de la producción orgánica es como activar la fertilidad del suelo para, de esta forma, lograr altos rendimientos.
Por otra parte, todo el ecosistema está fuertemente alterado por siglos de una agricultura más bien extractiva, que ha generado erosión, no aplicación de materia orgánica, quema de rastrojos y restos de poda, lo que en definitiva ha disminuido severamente el contenido de carbono de los suelos, elemento que ha pasado a la atmósfera como dióxido. Se estima que el 17% del carbono que está produciendo el efecto invernadero a nivel mundial ha sido producido por la actividad agrícola desarrollada en todo el planeta. El resto corresponde a fuentes de carbono fósil (petróleo y gas).
Desde la década del 70 se sabe de manera certera que estábamos causando serios problemas biológicos a los suelos al aplicar fertilizantes químicos.
En la década del 80 se hicieron en el país algunos trabajos sobre mediciones de biomasa microbiana de algunos suelos de la zona central y de la zona sur, relacionando su efecto con el manejo agronómico. Estos estudios permitieron detectar que la actividad biológica de los suelos ya presentaba un claro deterioro. La biomasa microbiana corresponde a microalgas, hongos, bacterias, protozoos y actynomicetes residentes en el suelo. Las poblaciones de estos microorganismos heterotróficos controlan el flujo de carbono y de los nutrientes minerales en el suelo, especialmente del nitrógeno, azufre y en menor medida del fósforo. Un mayor tamaño de biomasa microbiana implica un suministro mayor y más estable de nutrientes para las raíces de las plantas. Poblaciones de biomasas más pequeñas implican un menor y menos estable suministro de nutrientes. El tamaño de la biomasa microbiana es variable y depende principalmente del contenido de carbono lábil o materia orgánica activa, además de otros factores ambientales (temperatura y humedad) y del manejo del suelo. Ésta es responsable, en gran medida, de la mineralización e inmovilización del nitrógeno y del carbono mineralizado que circula en el suelo. Este proceso es muy dinámico, ya que la vida media de los microorganismos no es mayor de 2 horas.
Se estima que todo el nitrógeno mineralizado y absorbido por las raíces de las plantas corresponde a residuos microbianos, subproductos del ataque de éstos a la materia orgánica no humificada del suelo.
Unos de los aspectos más relevantes recientemente descubiertos es que la actividad de la microflora bacteriana genera en el suelo, como subproducto de su actividad metabólica, pro-hormonas como pro-citoquininas y pro-giberelinas y otras moléculas, muchas de las cuales pueden ser absorbidas directamente por las raíces de las plantas dependiendo de su tamaño.
Es decir, un suelo bien activado puede ser capaz de proveer una serie de principios activos hormonales y no sólo nitrógeno y fósforo mineralizado. Hoy también se sabe de la importancia de los microorganismos endófitos, es decir, organismos benéficos que viven al interior de las plantas. Para dimensionar y tener claro el grado de deterioro del suelo es bueno preguntarse ¿cuándo el suelo alcanza la máxima fertilidad? Esto ocurre cuando está en equilibrio con el desarrollo de la vegetación nativa generada por el medio ambiente climático. Por ejemplo, en la zona norte la fertilidad máxima del suelo se alcanza con la vegetación de la sabana generada por el espino (acacia caven), la vegetación herbácea y el clima árido. En la zona central, esto ocurre por efecto de la mayor precipitación y la acción del bosque esclerófilo de boldos, peumos y arrayanes. En la zona sur, esto ocurre por el efecto del clima más húmedo y del bosque valdiviano.
En la actualidad, en la zona centro-sur prácticamente no existen suelos en su estado natural, salvo en las zonas que cuentan con bosque nativo. En la zona sur, después de talar el bosque, los suelos son muy fértiles durante más de 20 o 30 años, lo que luego comienza a declinar.
Por lo tanto, el desafío de la producción orgánica es restituir en parte la fertilidad natural del suelo.
En la actualidad, muchas empresas transnacionales que fabrican productos para la agricultura están orientando su trabajo de I+D para obtener y ofrecer insumos más amigables con el medio ambiente, lo cual es muy positivo. Sin embargo, los agricultores deben colaborar en este esfuerzo crucial de orientar el manejo del suelo hacia una condición más sustentable, término que a menudo es muy usado, pero poco practicado. Mejorar y sustentar la calidad de los suelos es un desafío de grandes proporciones para los productores y toda la sociedad.
Carlos Sierra
